Grasa, el último estreno con sello de José
María Muscari no chorrea como otras obras muscarianas. Lejos de lo grotesco,
con una estética minimalfuturista, buenas actuaciones, música electrónica en
vivo, una escenografía y puesta de luces exquisita, Leo García, ciencia ficción
en clave sudaca y unos textos para escupirle en el ojo al intolerante que
llevamos dentro.
“Es un trabajo de investigación
básicamente, que tiene que ver con el encuentro con los actores y con ponerme a
hablar de temas que me obsesionan como la xenofobia. Mi visión política sobre
la realidad”, explica José sobre el espectáculo que fue realizado mediante un
subsidio de la
Fundación Antorchas.
Grasa muestra una Argentina del futuro,
destruida pero moderna, donde un grupo de sobrevivientes resiste y lucha contra
la nueva raza que habita la faz de la tierra: los bolivianos. Encerrados en un
bunker bajo tierra los personajes chocan una y otra vez contra sus propias
contradicciones, traducidas en un juego de temores infundados e idiosincrasia
torcida. El público, testigo de esta mirada que se encuentra a la vuelta de
cualquier esquina o en la voz del tachero de turno, sigue el devenir de estos
sobrevivientes a tan solo dos metros de distancia en un sótano sólo apto para
una treintena de personas.

