El interrogante, sin embargo, no es nuevo. Desde que el arte ha reivindicado su carácter de autónomo el tema de la legitimación y con él el de su esencia, se ha convertido en materia de debate, aunque es sobre todo en las vanguardias cuando esta controversia se vuelve álgida.
“La pregunta filosófica sobre la naturaleza del arte surgió –dice Danto- dentro del arte cuando los artistas insistieron, presionaron contra los límites después de los límites, y encontraron que los límites cedían”. (1)
El migitorio de Duchamp (1917) o su Mona Lisa con bigotes (1919) en los agitados tiempos de la primera vanguardia, provocaron el primer sacudón al arte institucional con el ready made y su consiguiente cuestionamiento al concepto de “artista” y, de paso, al de originalidad. ¿Qué hace que ese migitorio, para nada distinto a otros, sea una obra de arte y otro no? ¿Qué es una obra de arte?
En todo caso, Duchamp instala un concepto de arte que trasciende al objeto. Como decía John Cage: descubrir a Duchamp es descubrir una forma de ver el mundo; una forma de mirar, de la idea misma de mirada que se sabe una amenaza.
El arte siempre es “inquietante”. Quizás por eso, Heidegger pensaba que la verdadera obra de arte era capaz de instaurar una nueva apertura capaz de revelar nuevos sentidos. La crítica a Banksy de ser un “subversivo del arte” ¿no cabría también a Duchamp y toda la corriente dadaísta, al pop y el arte conceptual? ¿Acaso toda obra de arte realmente innovadora no es, por definición, “subversiva”? (2)
Herederos de Andy Warhol y la vanguardia de los sesenta nuevos artistas buscan modos de expresión alternativos a espaldas de las instituciones que deberían legitimarlos. Fuera de los espacios tradicionalmente establecidos, encuentran en la calle su lugar de pertenencia, de encuentro, y en sus obras el punto de fusión entre lo individual y lo colectivo, la crítica y la tradición, la vanguardia y la cultura de masas.
Y, finalmente, buscándolo o no, terminan por conseguir la tan mentada legalidad: sus obras se venden con excelentes cotizaciones, se exhiben en museos, marcan tendencias. Lo cual acaba por dejar fuera de cuestión algunos temas y plantear, sin duda, otros. Los límites entre lo instituido y lo clandestino parecen borrarse. ¿Qué otro sentido tendría sino la amenaza de las autoridades londinenses de borrar las pintadas callejeras o… vender las obras para “recaudar fondos”? (3)
1) Danto, Arthur. 1999. Después del fin del arte. Barcelona : Paidós
2) En otra escala, se puede mencionar como ejemplo la pintura de Constable, quien puso en tela de juicio la necesidad de encerrarse en una escala de colores única y ensayó con una paleta de verdes más claros en lugar de los pardos instituidos. Se cuenta que al ver uno de sus cuadros un prestigioso colega, desconociendo el autor, pidió intempestivamente que quitaran de su vista “ese verde asqueroso”. Citado por E.H. Gombrich en Arte e Ilusión.
3) The Guardian, 8/4/2004

