| JOSE MARIA MUSCARI: Caleidoscopio Muscariano |
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| Escrito por Diego Altabás | |
| 15.07.2003 | |
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“Nací el trece de noviembre de 1976 en Buenos Aires. Soy hijo único. Mi papá toda lla vida fue verdulero y mi mamá ama de casa. Vivimos en una casa con el negocio adelante, el famoso mercadito de Don José. Yo sabía desde chico que quería ser actor”, recuerda José María (de ahora en más JM), de aspecto prolijo y sonrisa encerrada por un imperceptible candado. El Muscari adolescente empezó a viajar solo al centro para ver teatro a partir de los doce, sin que mamá Ana María supiera. “La primera obra que vi fue “Los invertidos” con dirección de Alberto Ure en el Teatro San Martín. Eran Antonio Grimau y Tony Vilas que se besaban en la boca. No lo podía creer”, dice con la voz subida a una moto y aporta más piezas al rompecabezas de los inicios: “Formé un grupo de teatro que se llamaba Mala Pata. Empecé a ganar plata con el teatro, era algo rarísimo porque sentía que cobraba por algo que disfrutaba hacer. No lo podía entender. Ahí reconfirmé que tenía que alinear el deseo con el objetivo. Me marcó muchísimo mi adolescencia. Que mi novia me deje también. Ahora tengo novios.” “Paralelamente al secundario ingresé a los cursos del Centro Cultural San Martín y del Centro Cultural Rojas. Siempre fui el borrego del grupo. Entré a la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD), pero mis papás creían que era una especie de hobby y me planteaban que estudiara algo”, explica sobre el inicial disgusto familiar. Rápidamente la historia vuelve a las épocas de la EMAD: “Durante el primer año hice una obra con dirección de Ciro Zorzoli que se llamaba “Sal si puedes” de la cual yo era el autor y con la que ganamos la bienal. Fuimos los primeros alumnos que estaban estudiando y actuaban en la propia escuela. A partir de ahí empecé a relacionarme más profesionalmente con la labor. Formalicé el rumbo de mi vida a pesar de que siempre lo tenía claro.” Hablar de JM es contar las historias de diecisiete obras (ver Las obras (in)completas de JM). Los signos muscarianos no pasan desapercibidos; temores y angustias, su posición respecto al teatro y al mundo que lo rodea, fobias y fetiches, toman forma en la carne de sus actrices y actores, y dejan marcas que aparecen como si se tratara de una especie de diario íntimo. “Siempre en mis obras hay alguien que soy yo. En general tiene que ver con lo sexual. Los personajes en mis obras que tienen sexo soy yo siempre”, o bien “si hay algo mío que me molesta necesito ponerlo ahí para reírme y ver si lo puedo cambiar.” “Mis influencias son el teatro de Paco Jiménez y Alberto Ure, Much Music, la publicidad gráfica, y los actores con los que elijo trabajar. En general no los elijo para que hagan algo, sino para ver que puedo hacer con ellos. Hay algo que puedo descubrir en el encuentro con el otro y pasa a ser mi influencia. En vez de leer Shakespeare, yo voy a tomar el té con María Isabel, y se me ocurre que lugar puede ocupar en la obra”, reflexiona mientras juega con el collar de bolitas de metal que trae puesto y arremete con lo que piensa del teatro: “No creo que sea lo que uno cree que es, no coincido con esa forma de ver teatro, que es que uno se sienta y hay un momento que otro decide cuando te empieza a mentir. Me parece que la decisión es algo que no puede tomar el que está sobre el escenario, es una decisión que toma el que está viendo. Me gusta jugar con esa instancia. Provocar al otro. ¿Cuándo empezás a creer si yo ya empecé antes? Si ya desde como te enteraste de la obra que te estoy jodiendo para que creas en esto. Esta es una obsesión que ya tengo desde “Mujeres de carne podrida”, donde las actrices aparecían en los halls de otras obras promocionando la nuestra.” Más cómodo dentro del rol de director y productor, que como actor o dramaturgo, Muscari es el epicentro de decenas de proyectos que dan forma a la propuesta del circuito off del teatro porteño y una de las cabezas de las Fiestas el Deseo, que sábado de por medio convocan a cientos de personas para bailar y disfrutar de las performances pergeñadas por la compañía de la que es ferviente partícipe desde hace dos años. “Siempre fue: “Cuida tu carne. Llegó el Deseo.” Ahora le agregamos una frase que es: “Un lugar donde el encuentro sucede”. Eso es para mí el Deseo. Un espacio que hace caer la máscara. No hay posibilidad de histeria. Me parece que eso es moderno, lo convierte en trasgresor. Inaugura una zona que no hay dentro de la noche, la rareza de la fiesta pasa por eso que se genera, no por la estética o lo artístico”, apunta y atiende el celular. Siete años de terapia intermitente no alcanzaron para despejar las múltiples fobias y traumas del autor de Pornografía Emocional: “La crítica del espectador es una fobia. Tengo el error o la capacidad de darme cuenta de lo que se puede llegar a decir de lo que yo estoy generando, por eso siempre me antepongo para decirlo. Cuando yo me doy cuenta que algo de lo que me propongo no se logra, quiero que eso sea parte de lo que se está contando. También le tengo terror al abandono de las amistades. El amor me da mucha fobia, el hecho de necesitar a otro que no sea yo.” Hombre difícil, autocrítico y estructurado, formó su fama de provocador a base de anécdotas: “En “Marchita como un día” me peleé con una actriz muy mal. Le dije que no actuaba más en la obra. Agarré el vestido de ella y lo clavé en la pared del fondo del escenario y le puse un cartel que decía: “Aquí yace Laura Muñoz”. Llamé a una actriz y la puse sentada en primera fila para que lea los textos de Laura cuando le tocaba hablar, los actores hicieron las tres funciones que quedaban hablándole al vestido colgado mientras que la otra leía el texto sentada.” El día según Muscari empieza a las nueve de la mañana y sigue con la visita diaria al gimnasio: “Quiero ser otro. Tener otro cuerpo. Soy muy grotesco, me gusta todo lo grande. Antes era gordito y me pelé, estoy más conforme, pero quisiera ser más compacto y contundente.” Entre ensayos y reuniones JM disfruta de su departamento frente al Parque Lezama, limpia, ordena y tira todo lo que no le sirva. No puede faltar la música de Kevin Johansen, Pink, Soledad, Daniela Herrero en el ambiente, y el suplemento espectáculos del gran diario argentino sobre alguna repisa.
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