| Epifania ::: RENATA SCHUSSHEIM |
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| Escrito por Nea Rattagan | |||||
| 25.02.2007 | |||||
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En definitiva, un paseo por un escenario diseñado concienzudamente por su autora-directora, para trasladarte por lo onírico, casi por lo surrealista, en un bocado de lo post-vanguardista. Salgo del “teatro”, es de día, tengo un gusto extraño en la boca y algo de egoísta luz en la mirada.
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Es
un vulgar día de primavera y, en la
fachada del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, cuelga un enorme
cartel con el rostro de cabellera roja y mirada penetrante de Renata
Schussheim. Entro y doy varias vueltas hasta dar con el anexo que el museo ha
habilitado para las muestras temporales. Es raro ver entre los muros de una
institución como el museo nacional,
objetos y pinturas de una reconocida escenógrafa argentina.
En
la entrada de la sala, el título de la muestra: Epifanía. Y al lado de la cara
de Renata, un texto explicativo del mismo. Epifanía: aparición, Festum Luminus,
fiesta de la luz o de la estrella; o “volver visible un objeto poniéndolo en la
luz bajo la cual brilla”. Pero también es “fiesta religiosa cristiana donde se
conmemora la entrega de regalos de los Reyes Magos a Jesús”. Ella se pone a
brillar bajo la luz, se exhibe, se muestra como una manifestación religiosa de sí
misma. La religión del fetiche, del ego, de la individualidad exaltada, del Yo.
Así también, el artista nos abre su mundo y se “nos” muestra. Y es su propia
fiesta, su epifanía, aunque su luz sea mortal y perecedera...
La
exposición está diseñada como una puesta en escena teatral. Contra un fondo
negro evocador de la caja a la italiana, cuelgan dibujos con toques de color e iluminados
como en un escenario. Distribuidos en el espacio se encuentran esculturas de
resina policromada o, más bien, cuerpo-objetos de figuras humanoides a tamaño
natural. Estas figuras son cuerpos humanos con cabeza de pájaro, de perro, o de
felino (místicas evocaciones), y son
utilizadas hábilmente para organizar el espacio. Como unas bambalinas
separadoras de escenas distintas que
transcurren simultáneamente.
Por
un lado, un grupo de cuatro vestidos-esculturas dorados, también a tamaño
natural, parecen bailar, transmitiendo la sensación de movimiento. En otro
sector, pequeños collage con estampitas religiosas. Una serie de dibujos a
lápiz con matices de oro llamada Familia de artistas. Una vitrina exhibiendo
unas miniaturas con formas de pájaros-hombre que sugiere una especie de
evolución: ¿hacia el animal o hacia el hombre?... Seguimos con fotos de la autora con reconocidos músicos
del ambiente nacional, figurines realizados para óperas donde ha trabajado como
diseñadora de vestuario, un cuadro símil fotografía de una pareja heterosexual
descalza cuyos zapatos descansan fuera del cuadro rodeados de pétalos..., y dos grandes vitrinas colocadas en el suelo
en cuyo interior se encuentran esculturas en resina de La gorda (cuya cabeza es
felina), y de El nene, ambas al tamaño humano, y de un realismo impresionante.
Finalmente,
en los extremos de este “escenario”, podemos ver dos instalaciones. En una, más
resguardada, hay una sirena con cola de pez que está de espaldas al público
sobre lo que sería la cubierta de un barco. Su mirada se dirige a un horizonte
marino pintado contra el fondo. En la otra instalación, otra sirena, con cabeza
de pájaro (tal era el original sentido de la palabra sirena: híbrido entre
mujer y pájaro), se mece colgada inmersa en la evocación de un bosque.
La
iluminación y el sonido aportan para generar un mundo de ilusión y fantasía,
como una mise-en-scène de un teatro cristalizado, donde el momento de gestación
inmediato al de creación y propio de las artes performativas, está separado.