| DADAISMO ::: La provocación como performance |
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| Escrito por Marta Casale | |||||
| 24.07.2008 | |||||
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¿A qué llamamos performance1? Como manifestación artística, ¿es relativamente novedosa o una práctica cuya historia es posible rastrear hasta principios del siglo pasado? ¿Qué tiene en común Jesusa Rodríguez - la artista de cabaret/performance más escandalosa e influyente de México- con los militantes de la primera vanguardia? Hagamos historia… El Cabaret VoltairePara algunos, el siglo XX comenzó realmente en 1914, cuando estalló la primera guerra mundial y se cayeron las grandes consignas del siglo XIX: la fe en el progreso irrefrenable de la ciencia y la confianza y el bienestar que, parecía, venían de su mano. El estallido del conflicto, con su carga de horror, juntamente con las teorías de algunos pensadores y científicos de fin de siglo -como Niesztche, Freud o Einstein -, quebraron para siempre esa sensación de seguridad, poniendo en tela de juicio los valores e ideas sustentados hasta entonces. La certidumbre dejó paso al escepticismo, la racionalidad a lo irracional, cualquier verdad pasó a ser sospechosa. Europa perdió el optimismo. Huyendo de la contienda que arrasaba el territorio en guerra, un puñado de jóvenes intelectuales buscó refugio en tierra neutral. Pronto se fue consolidando un grupo que tuvo como centro el Cabaret Voltaire en Zurich (Suiza), fundado por el escritor alemán Hugo Ball (1886-1927), el 5 de febrero de 1916.
Repiques de tambores, campanas o los más directos golpes sobre la mesa eran las armas usuales a la hora de conquistar un público embotado por el alcohol. El nuevo lenguaje poético se valía de recursos físicos y violentos para despertar la adhesión de los espectadores que, finalmente, participaban con verdadero frenesí. Y eso y no otra cosa era el arte para estos hombres: furia contra toda obra entendida como algo acabado y estable, portador de un sentido único. Especialista en esta ruidosa técnica fue Richard Huelsenbeck, otro de los integrantes del grupo. Tan corrosivo como Tzara aunque, quizás, más irritante, solía recitar sus poemas al tiempo que agitaba un látigo. También formaban parte del clan los hermanos Janco, encabezados por Marcel quien, gracias a sus estudios de arquitectura en Bucarest y su enorme talento, proveía de máscaras y relieves al Cabaret. Del grupo decía la prensa del momento: "Son una especie de poseídos, proscriptos, maniáticos, y todo por amor a su obra. Se dirigen al público con la esperanza de obtener su ayuda, y le proveen el material para diagnosticar su enfermedad"3 .
Sus tópicos fueron lo marginal (la prostituta, el enfermo, el corrupto), lo informe y lo absurdo como espejos de una sociedad en disolución. Su principal arma fue la agresión como medio de provocación. Para ellos el arte no podía de ningún modo brindar consuelo sino inquietar, desconcertar4, de allí sus propuestas transformadoras y el abandono del pensamiento racional.
Entre sus actuaciones solían proliferar las excursiones y encuestas escandalosas como aquella en la que salieron a preguntar si la imaginación intervenía o no en el acto sexual (estamos hablando de principios del siglo pasado). También realizaban representaciones provocativas. Era común en el Cabaret la exhibición de imágenes de mujeres desnudas a las que luego prendían fuego. El movimiento dadá y el anti-arte que propiciaban se extendieron rápidamente. Hubo centros dadaístas en distintas ciudades europeas (París, Berlín, Colonia) y también en Nueva York. Posteriormente, el dadaísmo confluyó con el surrealismo al cual pasaron muchos de sus miembros. Los movimientos vanguardistas de los 60 le deben, sin duda, muchas de sus consignas. 1. Sobre la dificultad de una traducción del término y su posibilidad de definirlo se puede consultar el artículo de Diana Taylor Hacia una definición de performance. (http://www.crim.unam.mx/cultura/ponencias/PONPERFORMANCE/Taylor.htm ). Aquí lo usamos en el sentido más restringido de arte de acción 2. Del libro Historia del Dadaísmo de Hans Richter, Buenos Aires: Ediciones Nueva visión, 1973 3. Richter, obra citada 4. Tzara decía: épater le bourgeois (dejar pasmado al burgués)
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Allí, en un ambiente en el que se mezclaban idiomas, ideas y caracteres diversos, nació el dadaísmo. Sus iniciadores fueron Ball y el poeta rumano Tristan Tzara (1896-1963), dos personalidades casi contrapuestas: el primero era “reflexivo, reservado y profundo”; el otro tenía “una vivacidad ardiente, una fluidez intelectual y una agresividad increíbles”, carecía, además, de cualquier tipo de inhibición2. Se complementaban muy bien, juntos formaban un dúo capaz de todo, desde arrojar estiércol o tierra acompañando frases ingeniosas e impertinentes, hasta disfrazarse de cono para leer poemas; desde redactar un lúcido manifiesto que condensara los ideales del movimiento hasta la provocación constante de tumultos como medio de llamar la atención.
Algunos de sus métodos eran ensayados también por las otras vanguardias, como la batahola, definida y utilizada por el futurismo. Con los otros movimientos vanguardistas los dadaístas tenían en común la necesidad de romper con el pasado y la apelación a la transgresión como reacción a las formas consoladoras del arte burgués. Tanto para unos como para otros, el artista -desligado de cualquier vínculo con la tradición- era un creador absoluto, capaz de contraponer su subjetividad a cualquier regla, no sólo artística sino moral. Su motivación no era un interés por la innovación formal en sí misma sino un enfrentamiento generalizado con el mundo instituido y sus clases dominantes.
Se puede decir que el dadaísmo fue uno de los primeros en utilizar la performance como medio de expresión ya que en sus obras el elemento constitutivo era el sujeto y no el objeto, aún cuando éstas pudieran concretarse, en segundo término, en distintos objetos (pinturas, esculturas, poemas)
