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BARCELONA AFTER D-FORM Imprimir E-mail
Escrito por Germán de Souza   
03.05.2005

 En octubre de 2004 iba a celebrarse el festival alternativo europeo más grande de los últimos tiempos, en una Barcelona que está de remate. Cualquiera podría decir “si, en algún sitio escuché acerca del D-Form…” Unos lo sabemos o lo escuchamos, otros lo oímos o no quisimos oírlo, pero hay quienes lo vivimos. Una semana antes del festival la ciudad explotaba de visitantes, ocultos a los ojos de los turistas de turno. Las carpas se levantaban, las fuerzas se unían, la magia se palpaba, la libertad se hacía realidad. La misma mañana en la que comenzaba el festival, una vez que estaba todo montado, la policía con todas sus tropas en funcionamiento llegó para comenzar con un violento desalojo que duró casi toda una mañana, destrozando todo aquello que encontraba a su paso y sepultando la esperanza de un festival que iba a estar escrito en los libros de la historia que nos interesan. Mientras tanto, nos íbamois marchando de la ciudad aquellos últimos engañados que habíamos llegado a Barcelona gracias al Forum, totalmente decepcionados.

Cordón policial: no hace falta presentación
Cordón policial: no hace falta presentación

  • Barcelona underground.

¿Dónde nace la cultura? ¿Acaso en los libros de historia del arte? No señores, no nos creamos ese argumento. La cultura nace bien abajo, allí donde no llega el sol. Las mentes creativas deambulamos por la noche, por ejemplo, pintando graffitis ocurrentes, de esos que imitamos los publicistas, o a partir de propuestas en sitios rehabilitados, donde nos reunioms los que creamos y los que creemos. También crece la cultura a la luz, a partir de la fotosíntesis que genera el sol en las mentes de los libres, de los que ocupamos el espacio público, de los que transitamos sin culpas. Pero entonces… ¿Qué ha pasado después del D-Form? Nada importante podríamos decir, e cuanto a las culturas alternativas se refiere, más allá de algunas freeparties, cabarets de circo autogestionados, encuentros tecnológicos alternativos o manifestaciones en contra de la regularización “oportunista” de ilegales. Sin embargo, sí que está pasando algo. El control policial se va aumentando, las fronteras se van cerrando, las libertades se van recortando. Lo que antes se podía hacer ahora ya no tanto, cada vez menos, cada vez más es cada vez menos. Un ejemplo claro es el registro que se está haciendo de los graffitis, la identificación de los graffiteros, “queremos saber, queremos sumar datos a la base. Queremos el control absoluto, filmarnos en el metro, filmarnos en las calles como un gran Gran Hermano que todo lo ve. Ya no más tambores en los parques, ya no más reuniones en las calles, ya no más cervezas en las plazas. Cuidemos al turista para que regresen con más amigos. ¿Qué es más importante para esta ciudad que va perdiendo su personalidad?
Entonces llega el verano y hay que festejar. “Hagamos fiestas participativas” decimos los señores del traje. Festejemos cuando hay que festejar. Parece que hay un momento para todo. Pero ese momento no se decide, se obedece.

  • Fiestas mayores, libertades menores.

En la Pl. del Diamant del barrio de Gracia, una madrugada de las últimas fiestas mayores de ese barrio, un cordón policial encerró a los que todavía no queríamos dormirnos retirándonos a palazos. Y a eso se llama fiesta. Está todo organizado. Primero la seguridad de las familias que pagamos nuestros impuestos puntualmente. Un llamado por teléfono de un señor que no puede dormir, vaya uno a saber por qué culpa, puede más que la voluntad de cientos de jóvenes que nos queremos sentir libres dentro de lo que significa una ciudad abarrotada de edificaciones. Más allá de estas epopeyas policiales, las fiestas mayores se convierten en festejos programados, repetitivos y poco pensados. En aburridos ires y venires de gente normal que tenemos que salir a festejar algo. Aunque estemos deprimidos. Mientras miles de proyectos hierven en cada rincón y otros se evaporan, los responsables de estos festejos nos empecinamos en volver a programar los mismos conciertos tradicionales, los mismos espectáculos elitistas, las mismas actividades que hacen parte del gran aburrimiento masivo. Nada es arriesgado, por lo tanto nada es emocionante. Ya nada es provocador cuando lo provocador es repetitivo y se convierte en institución. Nada.



 
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