| La primera vez.... por Herr Kanciller |
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| Escrito por Herr Kanciller | |||||
| 14.01.2003 | |||||
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Mi primera vez, fue en Mendoza, Argentina. Así como tantas otras primeras veces, la del circo, también fue en Mendoza, y ni siquiera soy de allí. Tendría ocho años, recuerdo que frente a mi casa, además de la calle, había una vía de tren (una vez una locomotora que estaba haciendo maniobras se descarri...., perdón, esa es otra historia). Detrás de ella, una cuadra de casas bajas, una calle difícil de cruzar, por donde pasaba el trolebús, y luego... el desierto. Una enorme meseta de tierra dura y arbustos, a la que sólo se podía acceder sorteando todos los obstáculos antes enumerados. El paraíso de todo niño. Pista de bici-cross, fútbol, fogatas, aventuras, peligro y además, como si esto fuera poco, dos o tres veces al año, se instalaba el circo. Mi primer circo desde que descubrí aquel paraíso, fue el "Circo Tihany". No recuerdo bien como, pero nos habíamos enterado, con la pandilla de la cuadra, que habían llegado unos enormes camiones del circo y habían comenzado a descargar. Fue a la hora de la siesta, hacía muchísimo calor, y mucho más en aquel desierto. Nos fuimos acercando poco a poco, paso a paso, realizando paradas intermedias, estudiando el terreno. Estaban los camiones estacionados allí, cargados hasta arriba, y un montón de hombres gigantes, descargando. Para nosotros, esa gente era el circo. El presentador, el equilibrista, el domador, estaban ahí, entre los que descargaban las cientos de sillas plegables de chapa. Aunque luego cuando fui a la función, los busqué en cada cara de cada personaje y no los encontré, primera aproximación al tema de las jerarquías en el circo, y el puto sistema de puntaje y reparto del dinero. La cuestión es que finalmente nos llegamos hasta allí. En un principio ninguno de nosotros se animaba a preguntar, pero todos queríamos ayudar. Finalmente y viendo que nadie iba a animarse, encaré a uno de los hombres que venía sin carga y le dije si podíamos ayudar en algo -primera demostración de actitud Herr Kancilleriana-, el señor me miró, luego levantó la mirada y gritó a uno, que parecía ser el jefe: "che, dicen si pueden ayudar" -mientras se reía... "Claro, claro" -dijo el otro y se fue como a buscar algo a uno de los camiones. El hombre volvió con un montón de bidones atados a una pequeña cuerda. Nos dijo que como a 100 metros había un grifo, que trajésemos agua para la gente de la descarga, que él nos iba a regalar entradas para la función a cambio. El grifo resultó estar como a 200 metros y el sol pegaba muy duro en nuestro desierto. Después del primer viaje, sólo nos quedamos el Turquito y yo. El resto desertó, no sin antes llevarse su entrada para la función. Claro que solo una, o sea que el que los acompañase debía pagarse la suya. Nosotros nos quedamos y mientras el agua no se acabase, podíamos estar allí, mirando, preguntando, y también siendo un poco objeto de la burla. Pero el costo no era para nada alto, al lado de todo lo que aprenderíamos. Solo tuvimos que hacer otro viaje a por agua. La tarde se pasó volando, sin darnos cuenta, el sol ya desaparecía detrás de la cordillera, serían las ocho, las nueve… ¿En casa estarían preocupados? ¿Nos cagarán a pedos y no nos dejarán venir al circo? ¿Y si no volvemos? Preguntas y más preguntas que hasta el día de hoy no me dejan vivir, en paz. Eh! Perdon... adonde estaba? Ah, sí... al averiguar la hora que era y darnos cuenta de que no era tan tarde, decidimos quedarnos un rato más con nuestros nuevos amigos. El capataz, que nos había ofrecido el trabajo, nos hizo seguirlo hasta su camión, el se metió en la cabina y bajó con un fajito de entradas. Lo cortó -sin ninguna actitud de prestidigitador-, en lo que el pensó que era exactamente la mitad, y nos dio un montoncito a cada uno. No los contamos, pero hasta el día de hoy creo que el Turquito se llevó la mayor tajada. Además de ello, el hombre, que tenía muy buena onda, nos preguntó si no querríamos trabajar durante la función, vendiendo golosinas. Yo no podía creerlo, trabajar en el circo, poder ver todas las funciones, y también un poco de las bambalinas, era más de lo que cualquier niño en esas circunstancias podía pedir. Por supuesto que mis padres dijeron que no, que era muy chico y que las funciones en su mayoría eran de noche, y que no, y que no. De todas formas hice ir a hablar a mi padre con el capataz, y explicarle porqué no me dejaba -segunda demostración actitud Kancilleriana-. Creo que el también flipó con el mundillo, o le gustaron las bailarinas que tenían unas piernas increíbles, lo cierto es que después vino dos veces con la excusa de acompañarme y de gastar mis entradas.
El circo se fue, pero no mi ilusión. Muchos años después, la vida me dio otra posibilidad, y tuve la gran felicidad de conocer a "Los Malabaristas del Apokalipsis", y con ellos me di el gusto de trabajar en el Circo, y diseñarlo y armarlo, actuarlo, amarlo y odiarlo. Ah! y el dinero, nos lo repartíamos en partes iguales.
Herr Kanciller es corresponsal exclusivo de Newton Las Pelotas! Actualmente escribe desde Madrid, sentado en una reposera de su terraza en las inmediaciones de Chueca. En sus veranos porteños fue colega del Licenciado Craig Cholkeston y de Mr. Chung -los mismísimos Hermanos Choklovich-, también ha sabido perder el tiempo junto al Cirko Kosir de Los Malabaristas del Apokalipsis. Fue miembro de honor del colectivo Forte Garrizone.
P.D. El paraíso del que les hablé, aquel descampado que sirvió de refugio y de aventuras además de circo, hoy son urbanizaciones. Monoblocks y monoblocks y monoblocks y monoblocks y mono...
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