| Volatineros, circenses y funambulescos en Latinoamérica |
|
|
| Escrito por Beatriz Seibel | |||||
| 29.09.1998 | |||||
|
Desde el 1700 los volatineros trashumantes
recorren Latinoamérica. Son llamados volatineros porque vuelan, hacen
equilibrios sobre cuerda o alambre; los trapecios aun no se han inventado.
Herederos de una tradición que proviene de tiempos remotos, del origen de la
teatralidad misma en todas las culturas, sus espectáculos combinan los tres
elementos básicos de los rituales, movimiento, voz y música, y los opuestos
cómico-dramático que aparecen en los antiguos ritos.
En México se registra el primer volatinero
en 1742; actúa en esa ciudad antes de la corrida de toros. Las compañías
itinerantes de "Maromas y Volatines", con acróbatas que también
presentan pantomimas y bailes, trabajan en el Coliseo de México en la Cuaresma,
cuando no se permiten espectáculos teatrales, y como atracción especial, en
funciones de gala o beneficios, además de presentarse en otros espacios. En las
giras por tierra, el principal medio de transporte es el caballo o la mula, y
donde el terreno lo permite, las carretas tiradas por bueyes; atraviesan
peligrosos caminos, tanto por los inconvenientes geográficos como por los
asaltos de los bandoleros.
En Buenos Aires, el valenciano Blas Arganda
es el primer volatinero registrado en 1757. Viene contratado desde Brasil para
el primer coliseo estable, el Teatro de Operas y Comedias, en Alsina entre
Defensa y Bolívar, donde se presentan espectáculos de marionetas, acrobacias,
comedias y pantomimas, mientras el obispo pide la clausura del lugar por lo
tarde que terminan las funciones. Arganda debe solicitar licencia al Cabildo
para mostrar sus habilidades de maromas, bailes y otras pruebas, los domingos y
feriados en el teatro, y también actúa en la Plaza Mayor. Al. año siguiente
viene el. volatín Antonio Verdún, procedente de Perú; su gira sigue luego hacia
Brasil y vuelve a nuestra ciudad tres años más tarde. Podemos imaginar los
caminos que recorren estos artistas, por el Atlántico o el Pacífico. José
Cortés, "el Romano", titiritero, volatín y actor, que sale de Madrid
en 1783 para venir a América, aparece en 1804 como "quinto galán y
cantor" en el Coliseo Provisional de Buenos Aires, en Reconquista y J. D.
Perón; en 1806 presenta sombras chinescas y alquila el teatro para dar obras
dramáticas y volatines; en 1808 inaugura el Teatro del Sol, en Reconquista y
Lavalle, donde presenta volatines, pantomimas, cantos, bailes y sombras
chinescas. Pero el, Síndico Procurador de la ciudad, en un informe redactado
por Mariano Moreno, dice, que "no pudo inventarse lugar más indecente para
una capital como la de Buenos Aires" y por la precariedad de las
instalaciones, sin techo, difíciles de iluminar, opina que "todo ello
conducirá a una confusa mezcla de ambos sexos, capaz de producir fatales
consecuencias"; el lugar es clausurado a las pocos meses por "faltas
al decoro". Sin embargo, Romano sigue actuando: presenta funciones de
volatines en la Plaza de Toros del Retiro en 1809, antes de irse de gira a
Brasi1.
Las dificultades son similares en otros
países: en México, un auto del intendente Corregidor concede una licencia en
1792 para hacer Maromas y Títeres, "con la precisa calidad de que no haya
ni el menor escándalo", porque muchos de los sujetos a quienes se concedió
licencia hacen abusos, "salen a las calles tocando cajas, o tambores, y
vistiendo de mujeres los hombres, y aquellas de varones, con otras ridiculeces
y abusos".
Los espectáculos de los volatineros en gira
en la época colonial muestran una teatralidad que se adapta a diferentes
espacios, al aire libre, en locales cerrados, en la Plaza de Toros o en la sala
teatral. Presentan acrobacia, equilibrios, actuaciones del payaso, a veces
llamado "gracioso" o "Arlequín", que mezcla acrobacia y
comicidad, otras pruebas, teatro de muñecos, sombras chinescas, y pantomimas
para el final, además de cantos y "bailes de la tierra", adaptación
de los artistas en gira a las expresiones propias de cada lugar, todo
acompañado con la banda de música. Como es usual, incluyen el trabajo de negros
esclavos, generalmente para hacer música, canto y danza, una práctica común en
sus rituales africanos.
Después de la Revolución del 25 de Mayo de
1810, el primer festejo patriótico, por el triunfo en la batalla de Suipacha,
se hace con una función de volatines en la Plaza de Toros del Retiro; es a
beneficio de la Expedición del Norte y asisten más de 1600 personas.
Entre 1820 y 1826 trabaja en Buenos Aires el
clown inglés Francis Bradley, "jinete y payaso", que presenta
funciones los domingos por la tarde y los días de fiesta religiosa en un Circo
Olímpico. Recibe críticas a su actuación, que llegan hasta la intervención
policial, y su detención por ocho días en 1821, "por haberse presentado
con obscenidad en la equitación". En una tradicional entrada conocida en
esa época como Paisano a caballo, el payaso, sobre el caballo a galope, se
quita un chaleco tras otro, hasta que al fin se le cae el pantalón; quizás ésta
fuera la "obscenidad" de Bradley. Sus funciones terminan con escenas
cómicas, danzas y pantomimas; en 1826, en un Circo Olímpico instalado en Salta
y Avda. de Mayo, donde comparte cartel con Juan Izquierdo, equilibrista y
ecuestre, Bradley finaliza. la función con el "fricassé", parodia de
danza popular, en la que uno de los artistas juega el rol de vieja ridícula.
Desde la tercera década comienzan a venir a
América las grandes compañías circenses en gira. Los Chiarini, la mayor
dinastía italiana del circo, documentada por primera vez en Francia en 1580,
aparece por primera, vez en Buenos Aires y en Montevideo en 1830; en Brasil.,
se registra su paso en 1834. Presentan pruebas gimnásticas, equilibrio sobre
cuerda y alambre, malabares, baile sobre zancos, pirámide con siete artistas,
bailes criollos y las pantomimas heredadas de la Comedia del Arte como El
Arlequín protegido del mágico y El Arlequín fingido esqueleto. Pepe Chiarini se
anuncia como "maestro de la escuela gimnástica de agilidad"; su,
esposa, Madame Angelita, hace pruebas de equilibrio, malabares y comicidad en el
alambre flojo, como la parodia del "Torero Andaluz"; trabajan sus
pequeños hijos, María y Evaristo, y el catalán Blas Noi., "Hércules",
mientras aficionados argentinos y uruguayos completan el elenco. En Buenos
Aires, a fines de 1829 actúan en los entreactos y el fin de fiesta del teatro
Coliseo; desde enero hasta mayo de 1830 se presentan en el circo al aire libre
para 2000 espectadores del Parque Argentino, ubicado en la manzana bordeada por
Viamonte, Córdoba, Uruguay y Paraná; hacen 6 funciones por semana, por las
tardes.
En 1834 llega la Compañía Ecuestre,
Gimnástica y Pantomímica Laforest-Smith, con su Circo Olímpico, una carpa de
lona para 1200 espectadores, que instalan en Sarmiento y San Martín. El
programa del circo norteamericano incluye ejercicios ecuestres, volteos,
actuaciones del payaso, y todas las novedades europeas; pantomimas a caballo
cómicas y dramáticas, Arlequinadas, y "cuadros plásticos", como la
estatua viva o Modelo de los antiguos, que reproducen las célebres estatuas
clásicas, una creación de Andrew Ducrow. Luego contratan a Felipe Catón del
Teatro Coliseo, como coreógrafo y director de mímica, para poner en escena
"pantomimas de gran espectáculo". Éstas se desarrollan desde 1827 en
Francia por los Franconi, en especial las de carácter heróico sobre las hazañas
militares francesas; el género se denomina "glorias militares", y
hace un gran aporte a la leyenda napoleónica. Pocos años después en Buenos
Aires, Catón monta obras similares, como La batalla de Montereau, pantomima
donde Napoleón aparece sobre el tablado que representa una colina, y los
artistas que interpretan a soldados franceses y prusianos representan en la
pista la batalla de 1814; el enfrentamiento de infantería y caballería termina
con el triunfo francés y el desfile final con la banda militar; para ocasiones
como ésta se contrata la banda del Regimiento de Patricios. Es probable que en
esa época también se montara la pantomima Mazeppa y su caballo blanco, basada
en la historia ampliamente difundida del héroe cosaco evocado por Byron, que se
anuncia en un afiche sin fecha con un elaborado dibujo.
En estos y otros circos trabajan artistas
criollos que luego forman sus propias compañías. El primer grupo local que
aparece en 1835, es el de "las tres niñas argentinas", las acróbatas
Catalina Manzanares, Manuela Donado y Fernanda Castro.
Actúan junto a un
prestidigitador en el Jardín del. Retiro, Esmeralda entre Charcas y Santa Fe;
el nuevo espacio ese describe como "un lugar con asientos para la
exhibición". En ocasiones trabajan en el teatro Coliseo para el fin de
fiesta, y un anuncio ilustra la "escalera polar mortal" que hacen las
tres niñas, difícil prueba de equilibrio sobre sillas en una escalera. En los años siguientes continúan las
funciones de volatines criollos en el Jardín del. Retiro; se hacen pruebas de
equilibrio y destreza, bailes en la maroma, números cómicos. El payaso o el
acróbata hacen danzas criollas como "el gato mismí", el malambo, la
media caña o el minué federal, y otras danzas de moda, como el fandanguillo,
bailado en la maroma "con puñales en los pies"; también se presentan
danzas afroargentinas, como "un baile de arlequín en carácter de
negros", es decir un baile cómico con personajes caracterizados de negros.
En 1840 se construye el Circo Olímpico, con palcos en la parte superior, en un
terreno al lado del Jardín del Retiro.
En 1841, se presentan allí nuevos artistas
como el payaso Pedro Rosso y el volatinero inglés William Brown. Rosso, además
de comicidad, come estopa ardiendo y saca por la boca fuego, cintas de colores
y alfileres. Brown hace acrobacias y baila "la pieza inglesa" sobre
zancos, "en carácter de mujer", con un niño en brazos. Desde 1842,
junto con los números circenses, se presentan obras de teatro en el Circo
Olímpico. Benito Jiménez, actor mulato favorito del público en el teatro, se
hace cargo de la dirección y se presentan sainetes, dramas y comedias,
utilizando el picadero y el escenario. Astley, el creador del circo moderno, ya
había hecho ese dispositivo escénico cuando su anfiteatro se incendió en 1794,
copiando el plano de su rival Hughes de 1782. El escenario adosado a la, pista
amplía el espacio para presentar las pantomimas y esa combinación reaparecerá
muchas veces en la. historia del circo. En 1843, los teatros sufren la ruinosa
competencia del Circo Olímpico que noche a noche llena su carpa del. Retiro.
En 1846 hay en Buenos Aires tres espacios
funcionando simultáneamente para circo y se suman las carpas visitantes. El
éxito los acompaña y el público de esa década privilegia la espectacularidad,
la música y el gesto: prefiere el circo, la ópera, el ballet, antes que el
teatro tradicional. Más allá de las peculiaridades locales, es "la gran
época del circo" en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. En Cuba, entre
1834 y 1868, "el gusto popular se inclinaba a lo lírico, coreográfico,
circense o funambulesco"; los espectáculos circenses en La Habana también
combinan volatines, bailes y cuadros pantomímicos. Sucede algo similar en la
escena mexicana, donde hacia 1844 en el gran Teatro de Santa Anna "igual
se representaba a Shakespeare que a cirqueros, luchadores y perros
amaestrados", ante la indignación de los críticos y poetas.
(Continuará...)
Powered by !JoomlaComment 3.12 Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved. |
|||||
| Siguiente > |
|---|









