La última función de TONY CALUGA

por  Luther Tx. 05 Mayo 2003

Boleterías cerradas, carpas desiertas y pistas vacías. Aforo completo. Nadie ha querido perderse la función de hoy.

El convite avanza raudo por Recoleta bajo los potentes redobles de la orquesta que lucha por no perder el compás y mantener el equilibrio en la parte trasera del camión. Tras ellos las distintas familias de tonys marchan bajo una tormenta de pétalos que intenta paliar la profunda pena que les ha reunido.

Hoy la primera función es en el Cementerio General. Hoy lo que toca es rendir tributo y reír hasta dislocar la mandíbula. Hoy cuelga los zapatos el Tony Caluga.

Es julio pero el sol aunque tibio no ha querido faltar a la última función de Caluga. Lentamente avanzábamos por las estrechas calles del General cargando a un cuerpo inerte dentro de un cajón de madera. Hay deudos y orquesta de gala. Sin duda es un entierro. Pero entonces, ¿ha donde se han ido los dolientes asistentes vestidos de riguroso negro que repiten automá-ticamente, una y otra vez, que no somos nada y lloran amargamente hasta la histeria y el colapso?.

Hoy el cementerio es un circo y se nota. Aquí el negro ha dejado paso a los trajes cargados de colores chillones y a las narices rojas, las lamentaciones se han fundido con los continuos vivas y las sonoras risotadas y el repertorio de la orquesta ha abandonado los oscuros acordes de duelo para sacar de paseo a las melodías que en cada función retumban con fuerza en la carpa cuando aparece Zapatín o el Tony Chico.
De llorar sí y mucho, pero a carcajada limpia. Que las lágrimas son para después de la función y aquí la función acaba de comenzar.

Un día antes, el 17 de julio de 1997, una neumonía alejaba definitivamente de las pistas a Abraham Lillo Pacheco, el Tony Caluga, tras miles y miles de kilómetros recorriendo sudamérica con la carpa al hombro en la época dorada del Circo Chileno. Un oro a la chilena, bañado de miseria y pobreza, menospreciado por las autoridades y al margen de las ayudas estatales, forjado por el hambre y la supervivencia, y basado en el coraje que da tener la imperiosa necesidad de echarse a la carretera, levantar la carpa y salir a la pista a montar la fiesta.

En un continente en el que los ejércitos sólo han servido para salpicar la tierra con sangre el batallón del Tony Caluga era tan impensable como imprescindible. Armados de risas hasta los dientes no había pueblo que resistiese la llegada del convoy y no pocos eran los que esperaban ansiosos que el invierno los dejará en paz para que junto a la primavera la llegada del ejército de payasos, magos, y trapecistas fuera solo cosa de días. Y la primavera no fallaba.

Hoy la orquesta rompe a tocar dejándose la vida en cada nota. El Tony Caluga, patriarca del clan de payasos más famosos de Chile y maestro de innumerables generaciones de tonys, tras 90 años de edad y 75 viviendo del circo, abandona su casa carpa en la Quinta Normal y salta a la pista para su última función entre el estallido de aplausos del respetable.

Mañana el cementerio volverá a poblarse de enlutados deudos y en el circo de los Caluga las funciones serán en matiné, vermouth y noche. Y a precios populares.

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Fui a una tienda especializada en fabricar calzados para artistas y me hice fabricar unos zapatos de payaso de cuarenta centímetros de largo. Los pedí de charol, con las puntas rojas, los talones verdes y los lados dorados. Exigí además que en las suelas les colocaran unos pitos para que, al ser aplastados, lanzaran un maullido. Vestido con un correcto traje gris, camisa blanca y corbata discreta, caminé por las calles del centro, a mediodía, hora en que se llenaban de gente. Era el momento de la pausa del café o del aperitivo. Dando un maullido tras otro avancé entre ellos. Nadie pareció considerar anormales mis zapatos. Echaban una mirada fugaz hacia mis pies y seguían de largo. Decepcionado me senté en una terraza a beber un refresco, cruzando una pierna para elevar un zapato, con muy pocas esperanzas de provocar una reacción. Se me acercó un caballero bien vestido, de unos 60 años, rostro serio, voz amable.


-¿Me permite, joven, que le haga una pregunta?

-Por supuesto, señor.

-¿Dónde consiguió esos zapatos?

-Me los hice fabricar, señor.

-¿Por qué?

-Antes que nada, para llamar la atención, introduciendo en la realidad algo insólito. Y segundo, porque me gusta el circo, sobre todo los payasos.

-Me alegra oírle hablar así: ésta es mi tarjeta -el señor me ofreció un cartoncillo donde estaba escrito con letras pequeñas su nombre y con letras grandes, color naranja: TONI ZANAHORIA.

-¡Oh, qué increíble sorpresa, yo lo conocí en Tocopilla, cuando era niño! Usted me puso en los brazos un cachorro de león.

-¿Cómo te llamas, muchacho? -cuando pronuncié mi apellido, sonrió-. Ahora comprendo, eres de los nuestros. Tu padre trabajó conmigo. Fue el primer hombre que se colgó del pelo, antes sólo hacían eso las mujeres. La cabra tira al monte: estos zapatos indican tus deseos de volver al mundo al que perteneces. Y este encuentro no es casual. Estamos actuando en el teatro Coliseo. Hay artistas internacionales y un grupo de cómicos, yo (el burro primero), y el toni Lechuga, el toni Chalupa y el payaso Piripipí. El toni Chupete anda, como decimos entre nosotros, con el hocico caliente. Va a beber durante unos quince días. Lo queremos mucho y tememos que los empresarios lo despidan. Si tú, que tanto pareces amar el circo, te decides a tentar la experiencia, sin que nadie lo note, puedes ponerte el traje, la peluca y la nariz de nuestro amigo y reemplazarlo el tiempo que dure su borrachera. Las rutinas son fáciles, no hay mucho que hacer. Me darás un falso hachazo en la cabeza, cacarearás bombardeando con huevos de madera al toni Chalupa, y participarás en el concurso del pedo más fuerte, lanzando chorros de talco por un tubo oculto en los fondillos de tu pantalón. Si llegas un par de horas antes de la primera función te enseñaré lo fundamental, el resto lo podrás improvisar.

-No creo que sea capaz de hacerlo.

-Si aún te queda algo de niño en el alma, podrás. Te voy a dar un ejemplo: cuando me preguntes con voz de falsete «¿En qué se parece un toro vivo a un toro muerto?», yo te responderé: «Muy fácil: el toro vivo embiste», y tú encadenarás: «¿Y el toro muerto?», y yo exclamaré: «¡En bistec!». Y el público se reirá y aplaudirá. Es tan fácil como eso. ¿Te decides?»

Alejandro Jodorowsky, 2001
Ediciones Siruela, 2001

 

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